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País · Europa

Bélgica

Cinco mil niños, criados en familias belgas

03 · 3 min de lectura

Lo que se cuenta aquí es una acogida: la de miles de niños, en su mayoría salidos del País Vasco, que pasaron la guerra en casas de familias belgas, con sacerdotes y maestros vascos pendientes de ellos, y la de su vuelta, que más de mil no llegaron a hacer.

Por qué Bélgica

Durante la Guerra Civil se evacuó a más de 30.000 menores a Francia, Bélgica, Reino Unido, Dinamarca, Países Bajos, México y la Unión Soviética. Unos 5.000 fueron a Bélgica: solo Francia recibió más, y fueron más que los «niños de Rusia», que rondaron los 3.000. La mayoría de los que llegaron en aquel periodo habían salido del País Vasco mientras avanzaban las tropas franquistas.2

Que tantas familias belgas abrieran su casa tuvo que ver con la manera en que se vertebraba el país. Frank Caestecker y Víctor Fernández Soriano explican que Bélgica estaba organizada en tres «pilares», el católico, el socialista y el liberal, y que fue esa estructura, junto al eco de la guerra en la opinión pública, la que movilizó a la población. Allí la norma fue acoger en familias, y no en centros y residencias, como en el Reino Unido, Dinamarca o la Unión Soviética. Salía más barato, y respondía a motivos que iban de la solidaridad al deseo de adoptar.2

Los comités

Los niños no llegaron por un solo camino: cada corriente tuvo su comité. Los socialistas tenían ya en abril de 1937 una larga lista de familias de acogida, y recibieron a los niños a través del Comité national pour l’hébergement des enfants espagnols en Belgique, en colaboración con las autoridades republicanas. Los primeros contingentes llegaron desde Francia en tren, con sus maestros, y en la primavera y el verano de 1937 ese comité acogió a varios cientos de niños.2 Los comunistas se sumaron a través del Socorro Rojo Internacional y acogieron a 292 en el verano de 1937.2

Los católicos llegaron por otra vía. El obispo de Vitoria, Mateo Múgica, hizo llegar al primado belga, el cardenal Van Roey, un llamamiento para acoger niños por motivos educativos y religiosos, y la Iglesia belga fundó entonces la Obra Infantil Vasca (Œuvre des Enfants basques, Baskisch Kinderwerk). A lo largo del verano de 1937 acogió a 1.265 niños, todos del País Vasco, acompañados por religiosos. Trabajaba con su equivalente francés, el Comité national catholique d’aide aux Basques, así que los niños que salían con ella pasaban primero por centros franceses antes de seguir camino a Bélgica o a Suiza.2

Con los niños vascos fueron alrededor de treinta sacerdotes y veinte maestros y maestras, que además de atenderlos en lo espiritual vigilaban las condiciones en que vivían. Para que no perdieran la lengua se organizaban excursiones y clases los domingos, y Radio Flandes llegó a emitir un programa infantil en español.2

Las repatriaciones

La devolución se reclamó pronto. Tras la caída del País Vasco, en 1937, las autoridades franquistas y la Falange exigieron que volvieran los que llamaban «niños robados». Los primeros en hacerlo fueron 109 niños enfermos del hospital de Gorliz, que habían estado acogidos en Francia, y la propaganda del régimen aprovechó a fondo su regreso. En Bélgica, el vicario Jansen, responsable de la Obra Infantil Vasca, viajó a Bilbao en agosto de 1937 con una lista de los niños a su cargo. La lista se publicó en la prensa vasca, y se llamó a los padres a pasar por una oficina para tramitar la repatriación.2

La gran operación llegó en 1939. La Cruz Roja alquiló seis trenes, y una Comisión Neutral de Repatriación devolvió a España a buena parte de los que quedaban. Cuántos fueron es difícil de precisar, advierten los autores, porque hubo varios comités, porque la distinción entre niños «vascos» y «españoles» es confusa y porque a veces el reencuentro con los padres se produjo en Francia, en campos de refugiados. Aun así, estiman que en 1939 volvieron 558 niños de la Obra Infantil Vasca y que la Comisión Neutral repatrió probablemente a más de 2.660.2

Más de mil, sin embargo, se quedaron en Bélgica de forma permanente.2